Toda la fauna toda de la costa patagónica, en la Ría Deseado

Publicado por on Ene 22nd, 2017 y archivado en Columnistas, EL PAIS Y EL MUNDO, Turismo. Sigue las actualizaciones de esta noticia mediante RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta a esta noticia.

Ría Deseado. Foto Expediciones DarwinPor Gustavo Espeche Ortiz.

La lancha partió del embarcadero de Puerto Deseado y pronto estuvo rodeada por aire y agua de la  variada fauna costera patagónica que convirtió a la ría Deseado en un paraíso de la biodiversidad. Aves que flotaban en el agua y en el aire o pasaban raudas a ras de la superficie y lobos marinos que asomaban en el agua captaban la asombrada mirada de los pasajeros -casi todos turistas-, cuya algarabía se disparó cuando la primera tonina overa mostró su aleta negra y el lomo blanco, para luego exhibirse de cuerpo entero bajo el sol en un salto espectacular.

Los turistas movían inquietos sus cabezas y sus cámaras siguiendo al gaviotín que permanecía flotando contra el viento, al biguá que cruzaba rozando la superficie, a una bandada de las omniscientes gaviotas cocineras, las blanquísimas palomas antárticas, la estela que generaba algún pato vapor al levantar vuelo o, en la costa, al curioso ostrero negro con su largo pico rojo escarbando entre las piedras. Los rugidos de los lobos también atraían la atención de los visitantes, aunque la mayoría seguía las suaves y veloces ondas de las toninas que acompañaban el bote, esperando un próximo salto.

Ir de excursión a la ría Deseado es entrar a un mundo de sonidos y silencios naturales, con pájaros que sobrevuelan o se zambullen y mamíferos marinos que emergen y desaparecen a cada instante en las aguas verde esmeralda de ese pedazo de mar que penetra en el continente. Los animales juegan entre ellos y algunos hasta interactuan con los visitantes, porque la ría es un área natural protegida y allí no tienen nada que temer de la gente.

Más de un centenar de especies de aves habitan esta ría, en el norte de Santa Cruz, que es la única de América del Sur y que se adentra 42 kilómetros en el continente, ocupando con agua salada el lecho y el cañón que dejó el río Deseado en su retroceso. Parte del encanto del lugar es que ya sea en el agua, el aire, islas, costas o cañadones, todas las especies continúan con su rutina sin alterarse por la presencia humana siquiera durante los desembarcos, que son sólo realizados por guías que se cuidan de causar el menor impacto con sus movimientos y dan instrucciones precisas a los visitantes en ese aspecto.

EXCURSIÓN

Las excursiones, en gomones semirígidos parten de la zona del puerto y hacen varios circuitos por sus islas, costas y cañadones, con la observación de la fauna como principal interés, ya sea desde el bote o con desembarco. El periplo del que participó Prensa Pura Digital contempló primero una pasada por el extremo sur de la ría, donde está la isla Chaffers, que con marea baja se convierte en península y queda unida al continente, por lo que es en realidad un tómbolo, aunque en las cartas marinas siempre figura como isla.

En sus costas rocosas habita una pequeña colonia de lobos marinos de un pelo, que comparten pacíficamente el espacio con palomas antárticas y gaviotas, que despegan y aterrizan suavemente entre los gruesos cuerpos de los pinípedos o sobre ellos. En la zona de playa se puede ver parte de la colonia de pingüinos de Magallanes que alberga en su interior, de unos 15 mil nidos, lo que implica unos 30 mil ejemplares, más otros 15 mil juveniles que se suman en verano.

Allí el bote retornó hacia el interior de la ría, para llegar a la isla Elena, cuyo atractivo es la Barranca de los Cormoranes, en la que como su nombre lo indica anidan varias familias de la variedad «cuello negro» en las cavidades y alturas de los paredones rocosos, por lo que también son llamados “roqueros”. La barranca alberga además cormoranes «grises», que se caracterizan por el color del plumaje que les da el nombre y las patas de un naranja fuerte.

Los cormoranes grises son en Argentina una especie endémica de Santa Cruz, con una colonia de unas 1.200 parejas en Puerto Deseado, que es la segunda en tamaño después de la de San Julián. Otra variedad de cormorán que se puede ver es el «imperial», de cabeza y lomo negro, con el pecho, el vientre y sus patas cubiertas de plumas blancas, y grandes ojos azules, aunque no es característico de la Barranca de los Cormoranes.

El viento se tornó fuerte del oeste y levantaba una fina lluvia que empapaba a los que iban de la mitad hacia atrás del Drakkar -tal el nombre del semirígido en que se realizó la excursión- en su avance hacia el interior de la ría. El bote bordeó Isla Negra lentamente y estuvo muy cerca de otro grupo de lobos marinos de un pelo, cuyo fuerte olor -similar al del pescado pero más intenso- llegaba desde lejos con el viento.

ISLA DE LOS PÁJAROS

El plato fuerte de ese paseo es el desembarco en la Isla de los Pájaros, sobre la cual el cielo nunca parece despejado, ya que esta constantemente atravesado por el vuelo ejemplares de diversas especies, en grupos o solitarias, que bajan o parten entre los matorrales. Allí el visitante puede caminar cerca o entre numerosas aves, en especial pingüinos magallánicos, que se caracterizan por el doble collar que separa el negro de su cabeza, alas y lomo del blanco de sus plumas en pecho y vientre.

Gran parte de la isla está cubierta de zampa, un arbusto xerófilo de ramas retorcidas en cuya copa hace su nido el cormorán biguá, que sólo reside en este lugar de la ría. Al amparo de esos bajos matorrales también anidan los pingüinos de Magallanes, aunque en las zonas de escasa vegetación hacen cuevas entre las piedras del suelo.

En la isla sólo se puede caminar por la franja de guijarros de la playa, sin ingresar al sector de vegetación. Esa restricción obedece a que el territorio es área provincial protegida y entre esos bajos arbustos patagónicos puede haber aves empollando sus huevos. De todos modos, en la franja costera es normal cruzarse constantemente con pingüinos que entran y salen del agua en grupos y se puede ver de cerca los ostreros negros, gaviotas, gaviotines y alguna paloma antártica. La mejor forma de ganarse la confianza de estas especies y poder observarlas de cerca es quedarse sentado sobre las piedras hasta que se acostumbran a la presencia humana y la ignoran.

Aunque las aves están habituadas a los turistas que desembarcan a diario, siempre es necesario cumplir con las indicaciones de no tocarlas, no seguirlas si se alejan ni acosarlas para fotografiarlas y evitar movimientos repentinos que las puedan perturbar. Entre los cantos de las varias especies que se oyen en el lugar se destacaba el de los pingüinos, por su sonido particular, que más que un canto parece un rebuzno, y que emiten estirando su cuello con el pico muy abierto hacia el cielo.

El método de permanecer quietos sobre los guijarros dio resultado y un rato después los pingüinos pasaban en grupos  junto a los visitantes, y las gaviotas y ostreros descendían a corta distancia, como en un juego en el que si los humanos ignoran a los animales, éstos ignorarán a los humanos. Cerca de las zampas y al amparo del viento, esas tardes cálidas de sol son ideales para tomar un refrigerio o armar una ronda de mate entre cantos y vuelos de los dueños de la isla, antes de volver al puerto, en la otra margen de la ría.

Fotos: Gustavo Espeche Ortiz / Ariel Mendieta / Operadores Expediciones Darwin.

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