Lihué Calel, un oasis en el yermo desierto de La Pampa

Publicado por on Dic 25th, 2016 y archivado en Columnistas, EL PAIS Y EL MUNDO, Turismo. Sigue las actualizaciones de esta noticia mediante RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta a esta noticia.

dscf0327Por Gustavo Espeche Ortiz.

Unas elevaciones azuladas, como una pincelada apenas más oscura que el cielo, resaltan en el lejano horizonte de la pampa seca, sobre el desierto de pajonales amarillentos (o “pasto llorón”) hasta el fin del mundo visual desde la ruta solitaria. No es un espejismo de los que se adjudican a los desiertos calurosos, sino las sierras de Lihué Calel, en el centro sur de La Pampa, una de las zonas más yermas del país, que mantienen un microclima especial, como una bocanada de humedad, con una biósfera tan compleja como sensible.

Estas serranías lindantes con un salitral encierran  pequeños bosques y dos arroyos que no siempre tienen agua, en unas 20 mil hectáreas que son hábitat de una biodiversidad insólita para la región: 173 tipos de aves, 42 de mamíferos, 25 de reptiles y cuatro de anfibios, además del 50 por ciento de las 850 especies que componen la flora de la provincia. Como forma de proteger este santuario de vida en medio del desierto, que también alberga restos arqueológicos, en 1976 se creó el Parque Nacional Lihué Calel.

Allí se pueden encontrar rastros de los primeros habitantes de esas tierras, como enterratorios y pinturas rupestres, y los que dejó la historia posterior, que incluye la dinastía de los mapuches Curá, las rastrilladas indígenas y la Campaña al Desierto. También persisten los restos de la estancia Santa María, que fue expropiada en 1964 por la provincia y luego traspasada a Parques Nacionales. Pese a todos estos atractivos naturales, arqueológicos e históricos, este parque nacional no es un centro turístico, como muchos de sus similares en Argentina, sino fundamentalmente una reserva natural, con un amplio sector intangible salvo para uso científico.

Las sierras no son un espejismo a la distancia, pero su imagen no está exenta de las ilusiones ópticas con las que juegan todos los desiertos, porque no son tan altas como parecen desde la ruta al contrastar con la hasta entonces infinita llanura donde un mínimo promontorio parece una montaña. La de mayor altitud no llega a los 600 metros sobre el nivel del mar (msnm). Luego, de cerca, también se comprueba que tampoco son azules.

LA RUTA DE LA MUERTE

En un recorrido que para el centralismo porteño podría ser un “viaje al revés”, Prensa Pura Digital no llegó al lugar desde Buenos Aires, con una parada previa en Santa Rosa -como sugiere la mayoría de las guías- sino desde el sur, entrando por Río Negro y rodando los últimos 120 kilómetros hacia el este por una recta interminable de la ruta nacional 152. Durante horas, el camino es una línea gris que avanza por suaves lomas entre dos llanuras simétricas de matorrales opacos, a veces cubiertas por espesas nubes de polvo amarillento generadas por lo que queda del fuerte viento patagónico, que aún en esas latitudes se hace sentir con fuerza bajo el nombre de El Pampero.

Es que la provincia de La Pampa forma parte de la Patagonia, aunque a los más sureños no les guste, quizás por ser tan distinta en cuanto a paisajes -no tiene montañas, lagos, nieve ni mar- al resto de las provincias de esa región. Pero su inclusión no sólo lo es por decisión política, sino también por lo geológico, ya que desde el río Colorado forma parte del macizo patagónico.

A la 152 todavía la llaman “la ruta de la muerte” -como a otras rutas de varias provincias que se cobran vidas de viajeros- debido a su historia de accidentes mortales causados por la monotonía y soledad del trayecto, que derivan en sueño o entumecimiento de reflejos en los conductores, y también por los poderosos vientos que llegan a correr los vehículos lateralmente, quizás no más de medio metro, pero lo suficiente para una colisión en caminos tan estrechos como la mayoría de las rutas nacionales argentinas cuando se alejan de las grandes ciudades, que tienen sólo un carril por mano sin otra separación que una línea de pintura.

Tras esa recta que parece interminable aparece Puelches, que a pesar de su aspecto de pueblo fantasma es una parada obligada debido a su estación de servicio y su cafetería, que garantizan la continuidad del viaje hasta una próxima urbe. Con el tanque lleno y un café recién bebido, los siguientes 35 kilómetros pasan rápido y luego de una seguidilla de curvas y contracurvas se ven las sierras de cerca, con el salitral detrás reflejando el sol en su superficie blanquecina. A la izquierda aparece una construcción semejante a una tranquera, que es la entrada al Parque Nacional Lihué Calel (Sierra de la Vida), al que varias cartografías y aún carteles de la Dirección Nacional de Vialidad Nacional se empeñan en llamar “Lihuel Calel”.

EL OASIS

Dentro de la reserva, un camino de ripio en suave pendiente baja hasta el pedemonte, donde junto al arroyo Namuncurá -un agonizante hilo de agua entre rocas y pastos- se encuentra el camping, con sus mesas y parrillas, cerca de los sanitarios y las duchas, en medio de un bosque de caldenes y sombras de toro, bajo los cuales la retama y la hierba lucen un verde fresco y zumban numerosos insectos que se guarecen del calor. Sobre un promontorio cercano desde el que se dominan la entrada, los caminos internos y la llanura hasta el horizonte, está la oficina de los guardaparques.

Ya en el camping, las sierras pierden su tono azulado y en sus numerosas rocas de origen volcánico fragmentadas predomina el rojo oscuro, con manchones verdosos, blancos y amarillos, según los líquenes, residuos salitrosos y minerales de su superficie.

Con un poco de audacia y bastante agua de reserva, en las tardes es posible recorrer los seis kilómetros de la senda peatonal que bordea el Namuncurá, al final de la cual, si se sigue el curso del Arroyo de las Sierras hacia la izquierda, se caminará por el sendero de interpretación Valle de las Pinturas. A la derecha de éste se verán los restos del casco de la estancia Santa María. Ese recorrido que conduce a los petroglifos cuenta con carteles indicadores y explicativos sobre estas obras, que están al final de sus 600 metros, bajo un alero natural de piedra.

En las pinturas, de más de mil años de antigüedad, predominan las líneas negras sobre ocres y rojo ladrillo intenso, con figuras a veces geométricas, similares a guardas, y círculos concéntricos. Como la mayoría de los petroglifos hallados en el país, no son figurativos ni contienen un relato -que el menos se pueda percibir a simple vista- sino que se trata de dibujos minimalistas y de poco argumento.

El ascenso al cerro De la Sociedad Científica es uno de los paseos más interesantes y culmina en el mirador natural de la cima, a 590 msnm, desde donde se puede ver todo el parque y sus alrededores. El cielo está siempre dominado por los rapaces de la región, como águilas, jotes, caranchos y halcones, que sobrevuelan en círculos en busca de alimento o simplemente flotan aprovechando las corrientes de aire cálido. Si bien la subida demanda una caminata de mediana dificultad de sólo unos mil metros, es recomendable hacerlo muy temprano, porque en las horas más tórridas el visitante corre riesgo de una insolación o deshidratación, ya que difícilmente pueda portar toda el agua que va a necesitar.

Otra opción es el recorrido circular del Valle de los Angelitos, que parte de las oficinas de los guardaparques y durante el cual se pueden avistar desde muy cerca, bajo caldenes y sombras de toros, familias de guanacos, jabalíes y hasta algún exótico ciervo colorado descansando en la quietud de la siesta, semioculto entre espinales y alpatacos. Como todos los recorridos, se puede realizar a pie, pero sus aproximadamente 15 kilómetros hacen aconsejable utilizar un vehículo al menos en ciertos tramos.

Además de las especies mencionadas, el parque alberga otras que sólo se pueden ver con más paciencia o suerte, entre ellos el zorro gris, el ñandú, la mara y la iguana colorada. Algunas nunca se acercan a la zona de uso público, en especial los felinos, como el puma, el gato del pajonal y el gato moro, aunque su presencia está comprobada dentro de las 20 mil hectáreas de la reserva, que con la anexión del vecino Salitral de Levalle suman más de 32 mil.

A diferencia de otros parques nacionales, nadie va a Lihué Calel de vacaciones. La mayoría de las visitas son gente de paso, la que ha aumentado desde que la ruta fue arreglada y muchos la utilizan para ir de Buenos Aires a San Carlos de Bariloche, o quienes lo hacen por un motivo puntual, como los fanáticos de la observación de fauna, ambientalistas y estudiosos de la biodiversidad. También llegan contingentes de alumnos de colegios y universidades de La Pampa, en salidas de esparcimiento y contacto con la naturaleza o como parte de su formación.

Como el acceso y uso del camping son gratuitos, algunos viajeros a quienes la noche los alcanza en la Ruta de la Muerte hacen allí una parada. Aunque ahora la ruta está asfaltada, bien señalizada y más concurrida, quizás el mote no deja de inquietarlos y prefieren no conducir en la oscuridad y entonces pernoctan en ese pequeño oasis.

Fotos: Gustavo Espeche Ortiz.

1 Respuesta en la noticia “Lihué Calel, un oasis en el yermo desierto de La Pampa”

  1. […] (2) Ver, por el autor de esta nota, “Lihué Calel, un oasis en el yermo desierto de La Pampa“, en el diario Prensa Pura Digital, el 25-12-16: http://www.prensapuradigital.com/2016/12/25/lihue-calel-un-oasis-en-el-yermo-desierto-de-la-pampa/ […]

Comenta la noticia


Directora: Cynthia Chiappari | E-mail: prensapuradigital@gmail.com | Whatsapp: (0294) 154247182 / Redes Sociales: Facebook// Instagram// Linkedin// Twitter// #DESDE 2010, CON VOS. INFORMÁNDOTE.

Acceder / Diseño web por Prensa Pura Digital