“El trabajo que hacemos es durísimo: estamos shockeados”

Publicado por on May 23rd, 2011 y archivado en Cultura. Sigue las actualizaciones de esta noticia mediante RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta a esta noticia.

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El jefe de bomberos de Los Menucos y sus colaboradores fueron los primeros en llegar al lugar de la tragedia. Y todavía rastrillan la zona. Dicen que no pueden dormir y que tienen ataques de angustia.

La noche estaba limpia cuando Sergio Corunao prendió el motor de la camioneta modelo ‘71. Se ahogaba la Ford mientras él pensaba en el único dato que tenía. Se lo había dado su vecino Raúl Goicoechea, el hombre que dice haber visto cómo se cayó el avión de la empresa Sol. Frenó en la puerta del cuartel y le gritó: “Vi un resplandor en el cielo”. Corunao saltó de la silla de plástico blanca y se calzó el uniforme amarillo, ese que usa desde que asumió como Jefe del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Los Menucos hace un año y medio. “Cuando bajamos de la camioneta, no había a quién rescatar ni fuego para apagar. Había sí, un humo espeso y una mancha negra en el piso. Y silencio. Nada más”, repasa Corunao en el pequeño cuartel que dirige.
Los Bomberos Voluntarios de Los Menucos fueron los primeros en llegar el miércoles al paraje donde 22 personas del vuelo 5482 perdieron la vida, en Cerro Negro. Ellos se encargaron de cuidar el lugar del accidente y hoy juegan un rol fundamental en la investigación, y siguen rastrillando la zona. Son los que levantaron los cuerpos y las partes del avión, y los que impiden el ingreso al predio. Pero también son los que no reciben asistencia psicológica, los que para apagar un incendio deben poner a prueba una autobomba fabricada en 1967 que no llega a los 40 kilómetros de velocidad. “Si hubiese habido gente con vida o fuego, nosotros no podíamos hacer nada”, asegura Corunao.

–Se habla de que no estuvo bien perimetrada la zona donde cayó el avión. ¿Esa era una tarea que les correspondía a ustedes?

–Sí, pero cuando llegamos estaba muy oscuro como para ver de dónde a dónde se podía cerrar. En ese momento, tomé la decisión de bloquear solamente el camino y prohibirle la entrada a cualquiera que no tuviera nada que hacer ahí, como un concejal y vecinos que lo único que hacían era contaminar la zona. Recién cuando amaneció tomamos dimensión de la tragedia y pudimos cerrarla correctamente.

–¿Con qué escenario se encontraron?

–Había restos humanos en 400 metros a la redonda, partes del fuselaje desparramadas por el cerro. El pasto de la lomada chamuscado. Y el olor. Tenemos muchas imágenes pero es el olor lo que se nos quedó grabado. Decidimos extender el cerco a 1.500 metros alrededor del punto de impacto y nos pusimos a disposición de la Policía de Seguridad Aeronaútica y del juez (Leónidas) Moldes para hacer el rastrillaje. Eso significa caminar la zona con cuidado buscando restos humanos o documentación de los pasajeros. Pero no encontramos nada. Es como si todo se hubiese desintegrado. Juntar lo que quedó del avión y de la gente que viajaba allí es durísimo. Estamos shockeados.

La voz de Corunao es dura. La de los cinco bomberos voluntarios que participaron del rastrillaje, no. Basta que se les pregunte si estuvieron trabajando en la zona del desastre para ellos suelten un “sí” y bajen la vista. En el cuartel de Bomberos de Los Menucos, donde los 3 grados bajo cero se sienten en los huesos, ellos no querrán entrar en detalles. “Algunos no pueden conciliar el sueño, otros tienen ataques de angustia. Esto es grave y nos pega duro”, dice.

Los cinco bomberos lo escuchan y asienten, con los ojos en las baldosas, como si en ese cuadrado pasara algo que es sólo para ellos. Y el jefe sigue, incontenible: “Nosotros no tenemos atención psicológica, nadie vino a darnos una mano, un abrazo. El trabajo sucio lo hacemos los Bomberos: las 17 bolsas con restos que están peritando en Buenos Aires las llenamos nosotros”.

Nadie que no esté ligado a la investigación puede ingresar al lugar donde cayó el avión de Sol. El último retén está a ocho kilómetros de la zona del impacto. El camino es una huella de ripio por la que desfilan la policía, Defensa Civil, la intendente de Los Menucos, Mabel Yauhar, y su amigo y cura del pueblo, el Padre Ricardo. Representantes de la empresa suiza que construyó el avión llegarán hoy al pueblo ubicado a siete horas de Bariloche para inspeccionar lo que quedó de la máquina del SAAB 340. El que faltó es el juez federal de Bariloche que tiene a su cargo la causa: le pasa las instrucciones al comisario Juan Fernández por teléfono.

Por la huella también va y viene la vieja Ford celeste de los Bomberos. Pero nadie los detiene para que bajen el vidrio y cuenten que hay ahí, en esa mancha negra. Aunque la camioneta levante piedra y polvo, los tres caballos que pastan a la vera del camino no se mueven. A nadie les llama la atención esos hombres a los que el sol les hace brillar las bandas reflectoras del uniforme.

 

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