Sólo una Cuestión de Actitud

Publicado por on Mar 22nd, 2010 y archivado en Cultura. Sigue las actualizaciones de esta noticia mediante RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta a esta noticia.

Por Moira Arévalo Bustos.

El punto de partida fue dado en 1991, en Dinamarca, cuando un grupo de veinte personas de todo el mundo se reunió para definir estrategias para la creación y la expansión de las ecoaldeas, convencidos de que había que llevar a la  práctica el concepto de desarrollo sustentable; o sea, responder a las necesidades de la sociedad presente limitando y adecuando el uso de los recursos naturales, sin comprometer a la futura. ¿Qué se proponía concretamente? Crear comunidades horizontales, en las que sus habitantes vivan en contacto con la naturaleza apelando a energías alternativas.

En Argentina, la primera ecovilla fue creada hace más de diez años a unos kilómetros de Navarro, provincia de Buenos Aires. La primera casa fue armada a partir de una fábrica láctea que había dejado de funcionar. Más tarde, se convertiría en la ecoaldea Gaia.

Sus habitantes se reparten su tiempo entre la construcción de nuevas casas de barro, el cuidado de la huerta y de los chicos y las tareas de mantenimiento y arreglo que siempre surgen. Además, durante los fines de semana, organizan visitas guiadas y talleres de permacultura y cocina natural para turistas locales y extranjeros. Esa es su principal fuente de ingresos, ya que ninguno de los habitantes de la ecovilla trabaja afuera de ella: aunque ellos prefieren no hablar de trabajo sino de tareas porque son cosas que hacen para sostener ese estilo de vida.

Las edificaciones de la villa son construidas con una mezcla de pasto seco, arena y barro, las casas son modeladas directamente, diferenciándose de la técnica de adobe; o sea, que no construyen ladrillos de barro para después construir las casas, sino que directamente se levanta la casa. Los techos de las viviendas tienen chapas aislantes y pueden estar armados en paja o juncos. También están los llamados “techos vivos”, recubiertos de tierra y semillas, de las que luego crecen plantas. Para los pisos, existe un secreto particular: colocando una mezcla de aceite de lino y de naranjas y cera de abejas al barro, éste queda duro e impermeabilizado.

Esta vida, que parece tan idílica, resulta dura y complicada porque navegar contra la corriente requiere de mucho más que coraje y decisión; pero la vida nos demuestra una y otra vez que ese es el camino. ¿Qué hace falta para vivir en la ecovilla? El fuego interno que hace que uno se movilice y lo lleve a ser consecuente  con la causa.

Muchos lo intentaron pero no pudieron: vivir en interrelación con la naturaleza. Esta comunidad demuestra que el cambio es posible y que muchas veces decir basta, hace la diferencia.

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