Celebrá tus logros

Publicado por on Mar 15th, 2010 y archivado en Cultura. Sigue las actualizaciones de esta noticia mediante RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta a esta noticia.

Cómo redescubrir el sentido de la celebración; aquí, claves para que tu vida se vuelva una fiesta permanente.

 

Celebrar o no celebrar, esa es la cuestión

La etimología de «celebrar» tiene que ver con «frecuentar, concurrir». Toda celebración implica un abrirse a la experiencia de compartir con otros, de comunicar lo vivido y las emociones que esto nos genera, y acá también podemos encontrar un abanico de sensaciones muy heterogéneas: desde el éxtasis rabioso hasta la nostalgia lacrimógena. Es cruzar la frontera de la intimidad, trascender ese ritual privado al que nadie accede para volverlo público. Y exponerlo sin vergüenza a la vista de todos. ¿Ascendiste de redactora publicitaria a tener tu propia cuenta dentro de la agencia? Compartilo con tus seres queridos con todos los bombos y platillos que quieras. ¿Te su bieron el sueldo? Animate a contárselo a tu gente, salir a cenar para festejarlo, hacerte una escapada de fin de semana para darle el lugar y la importancia que tiene.

Con la palabra «fiesta» pasa algo parecido: su origen se remonta a la «feria», ese día especial en el que las comunidades abandonaban las tareas agrícolas para reunirse e intercambiar bienes (además de comida y bebida, claro está).

Sin ánimos de convertirnos en puristas del lenguaje, lo importante pasa por lo que estas palabritas tienen en común: hay que juntarse, moverse, provocar y sacudir la cotidianeidad plagada de rutinas, para generar acontecimientos. Aunque éstos sean aparentemente chiquitos, aunque esas comunidades sean mínimas, el significado es inmenso: podés invitar un día cualquiera a tu chico a cenar y contarle con lujo de detalles cómo aprobaste ese examen final después de haberlo rendido tres veces, o podés reunir a tus dos mejores amigas para que te acompañen a comprar la ropita de ese hijo que tanto esperaste, cuando ni siquiera te asoma un centímetro de panza. Vos sos la única responsable de que cada hecho tome el relieve que se merece. No dejes entonces que el encanto se opaque por «lo que aún nos falta»: probablemente te falten mil materias para recibirte y te queden por delante siete meses de panza y aumentar quince kilos para que nazca tu hijo… Pero ¿por eso vas a dejar de celebrar el haber dado ese primer paso?

La previa

Una celebración –grande, pequeña, privada o multitudinaria– hay que planificarla. Los preparativos suponen por definición un proceso algunas veces angustiante que, para poder llevarlo a cabo, disfrazamos de éxtasis y alegría de cotillón, pero que en sus raíces esconde un trabajo mucho más arduo y serio de lo que parece a simple vista. Excepto el caso de los festejos-sorpresa o las fiestas familiares, somos nosotros mismos quienes nos estamos proponiendo como el sujeto de festejo, como el motivo de la celebración, y ser el centro, la figura convocante, a veces asusta a una autoestima caída. Y las explicaciones suelen ser simplistas –el «no tengo ganas» – o amparadas cómodamente en la coyuntura –el «no tengo plata»–. Que quede claro: festejar es un asunto demasiado vital (sí, tan propio de la vida) como para que las ganas (siempre caprichosas y patoteras) o las condiciones económicas (siempre aleatorias e imposibles de controlar) vengan a boicotearlo así nomás. Festejar es una obligación –no en el sentido autoritario, sino en el sentido de hacer cosas que nos hagan sentir bien–: hace bien festejar los pequeños «mojones», los logros y aciertos de tu vida. Y si no tenés ganas hoy, create las ganas y obligate a festejar igual. En estos tiempos de crisis e incertidumbre, cuando algunos sostienen que es mejor quedarse quieto «por si las moscas», quizá la imagen de una celebración a todo trapo te resulte desubicada. Pero si lo pensás, en realidad no se necesitan grandes presupuestos para festejar. Volvamos a las fuentes: se trata de compartir con otros un pedacito importante de tu vida. ¿Y si les pedís algo a cada uno? Si elegiste bien a los tuyos, ellos se encargarán de que a tu fiesta no le falte nada, ni siquiera la torta reglamentaria. Y como regalo extra, te generan la confianza, la sensación de pertenencia y la esperanza necesarias para sobrellevar el mal trago coyuntural. Evitar los festejos en nombre de las no-ganas, el bajón del país (el mundo, el planeta, o tu casa…), el rechazo hacia nuestro pasado (o presente), el miedo al paso del tiempo o la nostalgia suelen ser la salida más fácil (y cobarde).

Festejo, luego existo

Una celebración se convierte casi sin buscarlo en un ejercicio de autoafirmación. «¿A quién invito? ¿Festejo con la familia, con los amigos, sólo con mi pareja?» Pensemos en el clásico «no, mejor no festejo porque si no, tengo que mezclar grupos». El primer dilema: los invitados. Las celebraciones te obligan quizás a compatibilizar dos identidades de tu persona que hasta entonces mantuviste alejadas. Tu «yo» dentro de la composición familiar (la «nena de la casa», esa que le pide a la abuela que le haga la torta de todos los años)

entraría rápidamente en conflicto con tu «yo» dentro de tu grupo de amigos (esa que se lleva el mundo por delante, que es súper independiente, que nunca cocina y compra todo hecho), y exponer ante testigos esa disociación te puede hacer sentir desnuda, desprotegida. ¿En cuál de las dos fiestas elegís estar, cuál es la propia? El acto de armar la lista de invitados, que a simple vista parece chiquito, nimio, implica al mismo tiempo volver a pensar cada año quiénes forman parte de tu círculo íntimo, quiénes son importantes en tu vida. ¿No te pasó nunca de «olvidarte» de invitar a la que hasta el año pasado era tu amiga? ¿O será que te olvidaste porque quizás haya dejado de serlo?

O al revés: pensá qué te pasa si esa persona que creías incondicional, es la gran «ausencia» de tu fiesta. Tanto las presencias como las ausencias en las celebraciones redefinen mapas emocionales. No es poca cosa.

Celebrar es también asumir ciertos riesgos, enfrentarse a ciertas incertidumbres («¿y si no viene nadie?» «¿y si es un embole?»). Festejar es volver a marcar territorios, espacios, vínculos. Es pasar en limpio un pedazo de la existencia. Hay nervios por que todo salga a la perfección, que nadie te falle, que todos se diviertan, incluso una misma. Es un punto de condensaciones desde el vamos, de símbolos, de metáforas, de rituales. Es un trabajo difícil, claro que sí. Pero vale la pena.

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